Igualdad sí ¿pero cuál?

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“Los españoles son iguales ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”, Constitución Española. Capitulo segundo, Derechos y libertades. Artículo 14.

Dejando a un lado el lenguaje sexista utilizado, encontramos un importante error de redacción. Tendría que poner que los españoles y españolas deberíamos ser iguales. Debe tenerse en cuenta el punto de partida, que desde luego no es el de una igualdad completa y efectiva.

No sólo queremos igualdad formal

Este marco sólo defiende la igualdad formal, la igualdad de trato que nos garantiza una igualdad ante la ley, una igualdad de derechos. ¿Es suficiente una igualdad formal? Nosotras tenemos claro que no, que para garantizar una igualdad real y efectiva necesitamos más. Necesitamos identificar la raíz de la problemática, del punto de partida. Hay que superar la visión clásica de discriminación y pasar a un pensamiento más complejo, identificar la diversidad y crear leyes que favorezcan a todxs.

Por poner un ejemplo de lo necesaria que es una igualdad que vaya más allá de la igualdad formal trataremos el tema de la educación.

Actualmente todxs tenemos el derecho a acceder a una universidad pública pagando una matrícula, pongamos de 2.000 euros. Esto supone una igualdad formal según la cual no existiría discriminación. Pero ¿supone lo mismo para una familia acomodada costear ese gasto que para una familia con dificultades económicas? La respuesta es clara, no. Si la educación funcionase así no existiría una igualdad efectiva y real, existiría discriminación. Por eso nos parece lógico (puede que últimamente no tanto) que existan distintos tipos de becas y ayudas para garantizar el acceso a la educación a aquellas personas que tengan más dificultades. ¿Por qué pasa esto? Porque tenemos en cuenta el punto de partida, entendemos que no todxs gozamos de las mismas facilidades y se aplican medidas para garantizar cierta igualdad de oportunidades. ¿Os ha quedado claro? Entonces, ¿por qué creéis que cuesta tanto de entender cuando hablamos de género?

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Discriminación real por razones de género

A menudo, cuando ejemplificamos casos de discriminación y desigualdades entre hombres y mujeres nos vienen con: “Pero esto también nos pasa a los hombres, no es un problema de género”, cuando se ve perfectamente que sí lo es. El problema es que parece que nos hemos olvidado del punto de partida, una raíz del problema basada en la dominación masculina, en el abuso.

Os hacemos llegar algunos ejemplos:

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¿Realmente os parece la misma situación? Objetivamente son dos personas que, en un ambiente festivo multitudinario, son tocadas y desnudadas por el sexo opuesto, pero insistimos ¿es lo mismo?

Vamos a decir algo que puede herir sensibilidades si queréis llamarlo así, pero no nos gusta suavizar el lenguaje, así cuesta más sensibilizar a la gente. Nuestra sociedad está dividida en dos grupos: opresor y oprimido, no es un concepto difícil de entender ni es una teoría de conspiración que nos inventamos como histéricas que somos. Estos dos grupos son hombres (opresores) y mujeres (oprimidas).

En el caso de la violencia sexual, así como en otras formas de agresión y coerción, el factor de riesgo o de vulnerabilidad es el sólo hecho de ser mujer. Porque nosotras mismas hemos tenido miedo toda la vida a los portales y a los callejones solitarios. Porque siempre han habido hombres que se han creído con el derecho a meternos la mano bajo la falda, que nos han robado besos que no queríamos dar, que se han masturbado delante de nosotras en plena calle, que nos han hecho sentir incómodas con sus miradas lascivas. Hemos tenido amigas y conocidas que han sufrido abusos sexuales, parece que de momento nos hemos librado, pero nunca se sabe si mañana o pasado lo haremos, si nuestras hijas se librarán. Los portales seguirán estando ahí.  Porque seguimos teniendo miedo de volver solas a casa, porque entre amigas nos decimos “avísame cuando llegues”, porque cabe la posibilidad de no llegar.

Como veis, el punto de partida es diferente. No es la misma situación porque los hombres no parten de la misma base que nosotras:

  • Porque no tienen miedo cuando, andando solos, se cruzan con un grupo de mujeres.
  • Porque nadie les critica por lo cortos que son sus pantalones ni les acusan de calentar genitales porque se les vea los boxers.
  • Porque no se plantean salir a bailar y acabar violados.
  • Porque no han tenido que soportar la situación de que una mujer se disculpe a su pareja en vez de a él después de haberle metido mano.
  • Porque en una discoteca las mujeres no le cierran el paso y les reclaman un besito para poder continuar.
  • Porque no se les critica por acostarse con las personas que deseen.
  • Y un largo etc.

No, claro que no es la misma situación.

Pongamos otro caso, la sexualización en la publicidad:

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Que el sexo vende no es ningún secreto. Es algo que todo profesional del mundo de la comunicación ha escuchado en más de una ocasión, lo utilizan para captar cada vez más la atención de los usuarios.

Seamos realistas, en la mayoría de casos lo que se sexualiza es el cuerpo de la mujer. Eso no es ninguna novedad. Hemos intentado encontrar una imagen publicitaria en la que solo apareciese un hombre sexualizado, sin que estuviese acompañado de una mujer, y esta es la que nos ha parecido más representativa. Sabemos que no es del mismo estilo que la de la mujer, pero es que no hemos encontrado nada tan grave en un hombre. Por favor, si conocéis alguna hacérnosla llegar.

Sea como sea, no es lo mismo sexualizar a una mujer en la publicidad que hacerlo con un hombre porque, una vez más, la situación inicial no es la misma.

Para empezar, la sexualización de las mujeres en la publicidad empezó mucho antes que la de los hombres. Surgió en el feminismo de la segunda ola, lleva con nosotrxs desde los años 70 aunque no se usase el término como tal. Sin embargo, es hoy en día cuando la sexualización de la mujer se ha vuelto más relevante, en una sociedad dominada por el consumismo en la que las mujeres se convierten en una mercancía más dedicada al disfrute, especialmente el masculino.

Lo que es realmente reciente es que se hable de la sexualización de los hombres en la publicidad. En nuestra opinión se trata de un mito que sirve para ignorar décadas de lucha feminista y creerse víctimas de un sistema que ellos mismos han creado, dirigiendo, una vez más todos los focos hacia su persona. Parece que no basta con ser el origen del problema, también es necesario ser parte del mismo.

¿Sabéis cuál es la diferencia? Los hombres sexualizados, a diferencia de las mujeres, viven su condición con satisfacción y la cabeza bien alta, puesto que a ellos no les supone una autentica discriminación. A ellos la sociedad no les ha denigrado durante décadas, relegándoles a un papel meramente decorativo, valorados por su físico y obligándoles a demostrar el doble que cualquier mujer para ser tomado en serio.

Porque no nos engañemos, los hombres no se han visto abocados a ofrecer su físico para ofrecer cualquier propuesta comercial, no se les valorará solo por lo exuberantes que sean sus bíceps, no tendrán que demostrar más en sus carreras profesionales por ser sexualmente atractivos. No es lo mismo.

Cómo no, en la prensa deportiva ocurre lo mismo. En este año olímpico hemos tenido multitud de ejemplos, pero centrémonos en uno en concreto de El Mundo:

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Ahora han cambiado el titular por “atractivxs” pero en su inicio ponían “buenorrxs”, parece que así era menos grave lo que querían decir.

Como todxs sabemos la prensa, especialmente la deportiva, aprovecha cualquier ocasión para reducir a las mujeres a un mero objeto. En este caso no sólo la sexualizan, sino que también las denigran como deportistas. Que hagan un artículo exactamente igual para los deportistas masculinos ni es igualdad ni les hacen menos daño a ellas. ¿Por qué? Supongo que lo adivinaréis: porque una vez más no parten del mismo origen. Los atletas hombres ya han sido reconocidos como profesionales, ya se les da cobertura en la prensa deportiva y se les da relevancia. El público sigue el deporte masculino, no el femenino. A pesar de que las mujeres consigan las mismas o más victorias que los hombres, la repercusión y la fama que ganen está basada en sus físicos. Sexualizar a un deportista es meramente anecdótico porque sabemos que el grueso de las noticias que se generan sobre su carrera ya tienen reconocimiento profesional, la afición no los sigue por sus físicos, sino por sus victorias, cosa que las deportistas no pueden decir. Según un estudio del 2014, de media, la mujer solo representa un sujeto noticioso en la prensa deportiva en el 5,11% de los casos. En ocasiones sola (2,18%) y otras acompañada por hombres (2,18%). mientras que el hombre protagoniza este tipo de informaciones en el 92,2% de las ocasiones. No es lo mismo. 

Con estos ejemplos espero que os haya quedado claro el tipo de igualdad por la que luchamos lxs feministas. No nos basta con igualdad de derechos, queremos una igualdad real, una igualdad que tenga en cuenta la diversidad, la complejidad de la situación y sobre todo, el punto de partida.

3 comentarios sobre “Igualdad sí ¿pero cuál?

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